Cosas situadas justo en el medio del teatro de la representación. Texto de Manuel Segade

Publicación Nudos, Fundació Suñol, Barcelona.2015.

La escultura ha sido, desde los años 60, el espacio por antonomasia de reflexión del arte contemporáneo: por medio del Minimalismo, cuyas piezas eran verdaderas partituras fenomenológicas contra el régimen ocularcentrista, la escultura se convirtió en un vector del espacio hecho para ser leído con el cuerpo. El gran crítico norteamericano Michael Fried analizó el modo en que la literalidad de las piezas minimalistas, de los paralelepípedos blancos de Robert Morris a las estructuras repetitivas de Donald Judd, tendía hacia el teatro. Para él, eso suponía el final de un arte autónomo, del dominio independiente de la estética que había construido el paradigma moderno y que era necesario combatir críticamente. Fried no erró en su análisis, pero sí en su diagnóstico: desde el Minimalismo, y gracias a los procesos escultóricos, el arte se efectúa en el espacio teatral de la representación, cumpliendo el sueño de la vanguardia de unir arte y vida, ya que hoy la representación no es más que el régimen cultural que hace legible lo real, indistinguible de la realidad misma.


La evolución de la escultura desde entonces hizo suyas las teorías fenomenológicas de la percepción, que permitieron comprender los cuerpos, hechos con el mismo tejido del mundo, como una caja de resonancia: la escultura era un elemento de interpretación de lo real activada a través de la presencia física del espectador en la sala de exposiciones, de modo que ella y su contexto espacial se volvían indisociables. El espacio de exposición, el espacio público y el paisaje se permeabilizaron como vasos comunicantes en experiencias continuas. En las últimas décadas, tras el paso fulgurante de las nuevas formas de la escultura en los años 80 –sobre todo británica, catalana y vasca–, el cuestionamiento de la representación como cuestión central en la teoría del arte propició actitudes críticas con el objeto y el espectador más allá del minimalismo: los objetos escultóricos devenían indicios de un ceremonial parateatral en el que la escena esperada nunca tenía lugar, permitiendo que el arte hablara una y otra vez de sí mismo.


En el estado español, esta vía fue definida a comienzos de los años 90 por el teórico y comisario José Luis Brea, pero tuvo una forma de desarrollarse particular en las comunidades autónomas donde la escultura había generado en los 80 una tradición fuerte: en el País Vasco y en Cataluña. En el primero, a través del peso de su tradición escultórica y en la escuela que se generó a partir de Jorge Oteiza, diseminada luego en las enseñanzas proyectuales de Àngel Bados y Txomin Badiola en los talleres de Arteleku a mediados de los 90. En el segundo, a partir de la evolución de la Nueva Escultura Catalana de los años 80 –con Sergi Aguilar o Susana Solano– que derivó en nuevas formas de entender la plástica como representación de la mano de Pep Agut, Jordi Colomer o Antoni Abad.


El arte vasco evolucionó en diversos modos hacia una apropiación de lo real: las esculturas, reflexionando a partir de las formas de la modernidad, comenzaron a abarcar otras formas mediales, como la fotografía, el vídeo o incluso la arquitectura para, a partir de la idea de diseño, acercarse a la obra total con máquinas de significación complejas e, incluso, relacionales: es el caso del propio Badiola o de Ana Laura Aláez. En Cataluña, el interés por los nuevos medios y por la incorporación del trabajo colectivo llevó a los propios Colomer y Abad en direcciones más cercanas a la videoinstalación: desde la escultura al trampantojo de lo real.


Entre ambas tradiciones de los dispositivos tridimensionales –como los bautizó el crítico Manel Clot– se sitúa el trabajo de Alberto Peral (Santurce, 1966), formado en el País Vasco y afincado en Cataluña desde mediados de los años 90. Precisamente esa posición intermedia, ese estar “en medio” es la característica fundamental de su trabajo: una condición liminar que estructura su producción.


A pesar de la diversidad medial que desarrolló a lo largo de su trayectoria –vídeo, fotografía, escultura o instalación– su trabajo ha mantenido una coherencia evidente a partir de una lógica que es eminentemente escultórica: la atención a la relación entre la representación y lo real o, mejor, la ocupación de ese espacio intermedio donde lo real se revela como forma representacional.


Entre sus trabajos más recientes, ocupa un lugar importante la fotografía de espacios urbanos residuales donde el motivo principal es una pieza de mobiliario de ciudad, mesas o sillas que aparecen en la calle decontextualizadas de su ámbito doméstico habitual pero que, precisamente por eso, resignifican el espacio urbano como un espacio susceptible de uso público. Sobre las copias en papel fotográfico de estas imágenes, Alberto Peral realiza incisiones que le permiten levantar la capa superficial de imprimación fotográfica para revelar el fondo blanco del papel. Los muebles abandonados, signos de presencia humana sólo representada precisamente en su ausencia, devienen ocupados de nuevo con esas intervenciones formales abstractas: fantasmáticamente el residuo social se activa a través de un hueco en la imagen, un espacio nuevo, hecho de pliegues geométricos, que puebla el objeto como un trampantojo del muro sobre el que la fotografía se presenta. La imagen deviene escultórica, tridimensional, como un ejercicio de papiroflexia controlado que devuelve a la imagen una condición física más allá de la representación perspectiva, ya que se despliega en lo real.


En estas imágenes, el vacío representado es entonces funcional, una intervención manual que inventa un espacio intersticial nuevo entre el objeto cotidiano y su representación. A través de estos gestos, la fotografía es contradecida en sus mismos términos: una vez despellejada la imagen –en palabras de Jesús Palomino–, la ventana representacional niega su visualidad; las fotografías son la antítesis del ocularcentrismo que define la técnica fotográfica. La imagen horadada deviene un rastro real de una realidad a la que es devuelta por métodos abstractos. Las fotografías son cosas y las cosas son fotografías. El encuentro casual con esos residuos domésticos recuerda las reflexiones del teórico Richard Sennet en su análisis del fenómeno urbano: es la dimensión privada quien absorbe hoy el discurso público y la esfera pública no sabe como expresarse ya, si no es a través de un tipo de discurso íntimo y emocional.


En las piezas escultóricas, Alberto Peral hace aún más evidente ese poder de la representación que afecta lo real. A pesar de volverse más abstracta, de haber perdido la forma humana que caracterizó sus primeras piezas a lo largo de su trayectoria, su escultura sigue manteniendo un principio de figuración, una vinculación representativa con el hombre, con lo humano. Una barra triangular que acaba volviéndose oval es una anamorfosis, una perversión de la visualidad convertida en objeto: otro espacio doblado en lo real. Las esculturas que presenta en esta exposición mantienen ese mismo juego de dobles, de espejos, que es habitual en su escultura. La pared del cubo blanco o el suelo del patio devienen ese mismo espacio representacional que utilizaba en sus superficies fotográficas horadadas.


El soporte mural es una pantalla que se ahueca en cerámica o que se protuye como una prótesis formal de tubos de metal. El suelo del patio revela su naturaleza construida: sus losetas devienen representacionales al convertirse en un material dúctil reordenado por una voluntad escultórica con una geometría que parece reeducar el espacio, demostrar la capacidad de la institución misma de poder ser una multiplicidad de cosas y sus dobles.


Como en los ejercicios de los prestidigitadores, se produce una suspensión de la incredulidad, de las leyes físicas por virtud de la esculturización de elementos del mundo cotidiano. Los objetos se ordenan así de acuerdo a un régimen humanista: la mano que los hace los moldea hasta una perfección antropocéntrica, antinatural para las leyes naturales pero naturalizada en la tradición artística. Los objetos escultóricos de Alberto Peral disfrutan de una condición serena, de una perfección formal o de una capacidad absorvente o centrípeta, que los acerca a la definición clásica de la perfección inmóvil: son pitagóricos en su capacidad abstracta, como funciones matemáticas en el espacio sin fin, que pudiesen continuar repitiéndose de forma ilimitada, como un juego de espejos enfrentados que revele en su delimitada infinitud, la verdadera naturaleza de las cosas.


En este orden teatral, llama la atención la reducción de su estética a un vocabulario formal básico, premeditadamente reducido a las familias formales del círculo y del triángulo, o de la esfera y del cono. Este repertorio formal es también un juego de reflejos: son formas dobles, dentro y fuera o interior y exterior, con materiales revertidos o insertados unos en otros, con pieles levantadas que revelan un reverso que es sí mismo… Todo son formas transitorias, representadas in media res o que adquieren potencial de sentido en su agrupación gregaria, en el propio display que las relaciona como exposición.


Ese vocabulario formal intersticial tiene su correlato en la continuidad de lo urbano en el espacio de la galería. La calle –ciudad– como la foto –imagen– como el cubo blanco –exposición– son formas de la convención, es decir, formas de

representación en continuidad con lo real. La defensa de la representación es una crítica implícita de la incapacidad del espacio para entenderse a sí mismo, de la necesidad del plus que supone el artificio estético como revelación. Esa forma de comprender la continuidad ilimitada entre representación y realidad y esa tensión figurativa lo relacionan con las estrategias escultóricas de otro gran artista de la prestidigitación en España, Juan Muñoz.


Como en el caso de aquel, cuando relacionaba sus propias obras con Pirandello y sus Seis personajes en busca de autor, las piezas son sombras humanas: como Michael Fried descubrió en las estructuras primarias minimalistas, las esculturas tienden a una condición antropomorfa. Los gestos escultóricos son personas, espacios desplegados para las proyecciones subjetivas, en medio de un teatro mundo más amplio. Una representación en curso de una sensualidad fría y precisa, pero deliberadamente barroca.

Things Placed Right in the Middle of the Theatre of Representation On Alberto Peral

Nudos Publication, Fundació Suñol, Barcelona.2015.

Since the 1960s, sculpture has been the quintessential space for reflection in contemporary art. Minimalism, whose pieces were veritable phenomenological parries against the dominant ocularcentrism, let sculpture become a vector of space designed to be read with the body. Leading American critic Michael Fried analysed how the literal aspect of Minimalist pieces—from Robert Morris’s white parallelepipeds to Donald Judd’s repetitive structures—tended towards theatre. For him, this meant the end of autonomous art, of the independent command of aesthetics created by the modern paradigm and which had to be critically combatted. Fried’s analysis was correct, but his diagnosis was flawed: since Minimalism, and thanks to sculptural processes, art has been made in the theatrical space of representation, fulfilling the avant-garde dream of linking art and life, given that representation is now merely a cultural regime that makes it possible to read what is real, indistinguishable from reality itself.


Sculpture has since evolved by assimilating phenomenological theories of perception, making it possible to understand bodies—made out of the very material of the world—as a sound board: sculpture was part of interpreting what is real and was activated by spectators’ physical presence in the exhibition space, which made sculpture inseparable from its spatial context. The exhibition space, public space and landscape became permeable communicating vessels of continuous experiences. In recent decades, following the trail blazed by new forms of sculpture in the 1980s—above all British, Catalan and Basque sculpture—the questioning of representation as a central issue in art theory sparked critical attitudes towards the object and the spectator above and beyond Minimalism: sculptural objects became signs of a paratheatrical staging in which the expected scene never took place, allowing art to talk repeatedly of itself.


In Spain, this approach was defined in the early 1990s by theorist and curator José Luis Brea, but it developed differently in the autonomous regions of Spain where sculpture had created a strong tradition in the 1980s: the Basque Country and Catalonia. The Basque Country had a long tradition of sculpture and gave rise to a movement created by Jorge Oteiza and later disseminated by Ángel Bados and Txomin Badiola’s projects at Arteleku workshops in the mid-1990s. Catalonia in the 1980s saw an evolution of new sculpture—led by Sergi Aguilar and Susana Solano, among others—towards new ways of understanding plastic art as a form of representation, in the hands of Pep Agut, Jordi Colomer and Antoni Abad. Basque art evolved in different ways towards an appropriation of what is real: sculptures reflecting forms of modernity began to embrace media such as photography, video and even architecture to use the idea of design to get closer to the total work of art with complex and even relational machines of meaning: exponents included Badiola himself and Ana Laura Aláez. In Catalonia, an interest in new media and incorporating collective work led Colomer and Abad along paths bordering on video installation: from sculpture to a trompe l’oeil of what is real.


Somewhere between both traditions of three-dimensional devices―as dubbed by critic Manel Clot―lies the work of Alberto Peral (Santurce, 1966), who trained in the Basque Country and has lived in Catalonia since the mid-1990s. This halfway position, this being “in the middle”, is a core feature of his work: a threshold that frames his production.

Although he has used a wide range of media over the course of his career—video, photography, sculpture and installation—his work has remained manifestly coherent, underpinned by an eminently sculptural logic: focusing on the relationship between representation and what is real, or rather the occupation of this halfway space where what is real is revealed as a form of representation.


His recent pieces include striking photographs of forsaken urban spaces where the main motif is a piece of city furniture: tables and chairs taken out of their usual domestic context and dumped in the street that somehow, or therefore, give new meaning to urban space as a space susceptible for public use. Alberto Peral makes incisions in the photographic prints of these images and lifts up the top layer of the photograph to reveal the white paper underneath. The abandoned furniture—signs of a human presence represented entirely and precisely by its absence—are reoccupied in the form of these abstract formal interventions: in a ghostly fashion, the social junk is activated through a hole in the picture, a new space forged by geometric folds that populates the object like a trompe l’oeil of the wall against which the photograph is displayed. The image becomes sculptural, three-dimensional, like an exercise in controlled origami that endows the image with a physicality above and beyond perspective representation, since it unfurls into what is real.


In these images, the represented void is functional, a manual intervention that invents a new space in the gap between the everyday object and its representation. Through these gestures, the photograph is contradicted in its own terms: once the image has been skinned—in Jesús Palomino’s words—the representational window denies its visual nature; the photographs are the antithesis of the ocularcentrism that defines photography. The perforated image becomes a real trace of a reality to which it is returned by abstract means. The photographs are things and the things are photographs. The chance encounter with these discarded domestic objects recalls theorist Richard Sennett’s analysis of the urban phenomenon: today it is the private dimension that absorbs public discourse, and the public sphere can only express itself through a kind of intimate, emotional discourse.


In the sculptural pieces, Alberto Peral clearly shows the power of representation to affect what is real. Although they have become more abstract and lost the human form that characterised the early pieces in his career, his sculptures still retain a trace of figuration, a representational tie to man, to human nature. A triangular bar that ends up becoming oval is an anamorphosis, a distorted perspective turned into an object: another space folded into what is real. The sculptures on display in this exhibition play Alberto Peral’s characteristic game of doubles and mirrors. The wall of the white cube or the floor in the courtyard become the same representational space he used in the perforated surfaces of his photographs. The wall support is a hollowed-out ceramic screen or an extending formal prosthesis of metal pipes. The courtyard floor reveals its built character: the floor tiles acquire a representational nature by turning into a ductile material rearranged by a sculptural urge and a geometry that seems to re-educate space, thus revealing the ability of the institution itself to be many things and their doubles all at once.


As with conjuring tricks, there is a suspension of disbelief, of the laws of physics, made possible by turning aspects of the everyday world into sculptures. The objects are arranged in accordance with humanist reasoning: the hand that makes them moulds them to anthropocentric perfection, against the laws of nature but naturalised in the artistic tradition. Alberto Peral’s sculptural objects possess a calm formal perfection and an absorbing or centripetal force that brings them close to the classical definition of static perfection: they are Pythagorean in their abstract power, like endless mathematical functions in space that could go on repeating themselves for ever, like a series of facing mirrors whose contained infinity reveals the true nature of things.


In this theatrical setup, it is striking how his aesthetics are pared down to a basic formal vocabulary, deliberately reduced to the families of forms such as circles and triangles, spheres and cones. This formal repertoire is also a game of reflections: they are double forms, within and without, inside and outside, that use materials that have been flipped or inserted one inside the other, with raised skins that reveal a reverse side that is also itself… They are all transitory forms, represented in medias res or which take on meaning in their gregarious arrangement, in the very display that links them as an exhibition.


This formal interstitial vocabulary has its correlative in the continuity of the urban in the gallery space. The street (city), the photograph (image), and the white cube (exhibition) are all conventional forms, that is, forms of representation in continuity with what is real. The defence of representation is an implicit critique of the inability of space to understand itself, of the need for taking the further step of aesthetic artifice as a revelation.


This way of understanding the unlimited continuity between representation and reality and this figurative tension is linked to the sculptural strategies employed by another great Spanish conjuring artist, Juan Muñoz. In the same way that Muñoz linked his pieces with Pirandello and his Six Characters in Search of an Author, these pieces are human shadows: as Michael Fried discovered in the early Minimalist structures, the sculptures tend towards an anthropomorphic condition.


The sculptural gestures are people, spaces unfurled for

subjective projections, in the middle of a wider theatre of the world. An ongoing representation of a cold, precise yet deliberately baroque sensuality.